Nomofobia, la droga del siglo XXI

La nomofobia es el miedo irracional a estar sin teléfono móvil. El término proviene del anglicismo “nomophobia” (“no-mobile-phone-phobia”). La dependencia al dispositivo electrónico genera una infundada sensación de incomunicación en el usuario cuando este no puede disponer de él, bien porque lo haya dejado olvidado en casa, bien porque se haya agotado su batería o esté fuera de cobertura.

El término fue acuñado durante un estudio realizado por la oficina de correos británica Royal Mail y encargado al instituto demoscópico YouGov para estimar la ansiedad que sufren los usuarios de teléfonos móviles.

El estudio se llevó a cabo en Reino Unido hace unos años y contó con una muestra de 2.163 personas, revelando que casi el 53% de los usuarios de teléfonos móviles en el Reino Unido tienden a sentir ansiedad cuando “pierden su teléfono móvil, se les agota la batería o el crédito, o no tienen cobertura de la red”.

La investigación también ha demostrado que los niveles de estrés de una persona con nomofobia son equiparables con los nervios que se tienen el día antes de la boda o de la visita al dentista. Respecto de las razones para que la ansiedad se manifestase, el 55% afirmó que era por el hecho de estar “aislado” de las posibles llamadas o mensajes de familiares y amigos, mientras que un escaso 10% afirmó que la causa era su trabajo, ya que le exigía estar conectado permanentemente.

A pesar de contar con las vías ordinarias de comunicación, empezando por la de personarse ante su interlocutor, el nomofóbico enloquece ante la imposibilidad de contactar con cualquier persona en cualquier momento allí donde se encuentre.

No se aplica únicamente a los usuarios de ‘smartphones’, si bien es cierto que los antiguos teléfonos móviles no generan en nosotros tanta adicción al no ofrecer posibilidad de navegación, ya que se ha trasladado el grueso de la actividad comunicativa de nuestros cercanos a la mensajería instantánea. Según las estadísticas, los usuarios de ‘smartphones’ consultan sus teléfonos una media de 34 veces al día.

Los síntomas de este trastorno son sensación de ansiedad, taquicardias, pensamientos obsesivos, dolor de cabeza y dolor de estómago. Según los expertos, el nomofóbico suele ser una persona insegura y de baja autoestima y, en cuanto a la edad, la nomofobia suele darse en mayor medida en adolescentes.

De hecho, más de la mitad de los jóvenes mayores de 16 años sufre estrés nomofóbico, según muestran los datos de un estudio más reciente realizado por Nascia entre los visitantes de sus centros, publicado por El País. Estos datos ponen de manifiesto que esta fobia es “ligeramente mayor” en los chicos que en las chicas, un 55 por ciento de ellos frente a un 45 por ciento de ellas, porcentaje menor que el publicado en el estudio de 2011. En cualquiera de los sexos, “el apagón de la batería o los problemas por averías incrementan un 20 por ciento el nivel de estrés”.

La Nomofobia puede ser considerada como la nueva enfermedad de muchos jóvenes y adolescentes, que son los más afectados dado que ellos son muy intensos en sus relaciones sociales, su círculo social más importante o significativo son los amigos, entonces tienen una enorme necesidad de estar en contacto, el teléfono les resuelve esta necesidad.

¿Cómo diferenciar en tu hijo adolescente entre la dependencia al móvil y el uso normal? Si se viven alguna de las siguientes situaciones: frustración  y desesperación cuando no lo trae consigo porque lo olvidó, frustración y desesperación por no poder entrar en contacto con la persona por algún tipo de restricción, enojo y desesperación por no tener señal de la compañía de teléfonos, desesperación por estar a punto de quedarse sin carga la batería,  y quizá la más evidente, revisar compulsivamente el teléfono para saber de alguna notificación, ya sea llamada perdida o mensaje no contestado. Por lo menos estos indicadores manifiestan que el adolescente ya tiene problemas de dependencia hacia su móvil.

La nomofobia es, en definitiva, un síndrome, una droga para muchos adolescentes. Se evidencia en los hogares y en los centros educativos, donde por lo general está prohibido su uso en horario de clase. Ser conscientes de esta nueva problemática y tomar medidas en consecuencia es deber y labor tanto de los padres como de los educadores, así como de la administración competente. La formación específica en torno a esta nueva adicción se hace sumamente necesaria.

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