El periodismo a debate: compromiso social y límites de la información

Por Eva Nicasio

El periodismo es, para bien y para mal, una de esas profesiones que todos conocen y de la que todos opinan. Es muy fácil saber qué es un medio de comunicación, incluso conocer sus funciones; tampoco es difícil intuir qué es información y cómo distinguirla, porque a poco que conozcamos el funcionamiento de un medio informativo, podemos ser capaces de identificar las noticias y el interés periodístico. Esa es la intención primera de cualquier periodista, que se aprecie y se trate la información como lo que es, es decir, una manera de conocer nuestra realidad; pero desde luego no todos los ciudadanos son capaces de valorar y dignificar una profesión tan expuesta públicamente como la nuestra y a la vez tan necesaria para el buen funcionamiento de la sociedad y del sistema democrático. Y viene todo esto al caso porque hay algo que llevo preguntándome mucho tiempo y que con la participación en estos talleres de alfabetización he tenido la oportunidad de poner en común y de contrastar con nuestros lectores y audiencia, algo que pasa precisamente por dilucidar si saben realmente qué es el periodismo.

Y la primera, como se suele decir, en la frente. Porque muy pocos de los jóvenes de los cuatro institutos en los que he impartido estos talleres conocían más allá de cuatro caras famosas del mundo del deporte o del entretenimiento y relacionaban la profesión más con el mundo del glamour y del corazón que con un pilar básico de la sociedad democrática. Y ahí se centró nuestra primera tarea. La federación de asociaciones de la prensa, FAPE, en su código deontológico asegura que “el ejercicio profesional del Periodismo representa un importante compromiso social, para que se haga realidad para todos los ciudadanos el libre y eficaz desarrollo de los derechos fundamentales sobre la libre información y expresión de las ideas” . Me gusta esta definición porque recoge tres grandes pilares de la profesión periodística: el periodismo como compromiso con la sociedad y la verdad, como garante de la libertad de expresión de los ciudadanos y, por supuesto, como vehículo del derecho a la información que toda comunidad posee. Pero además, deja intuir una máxima que ninguna sociedad debe olvidar nunca: que no todo vale, que el periodismo deja de serlo cuando se traspasan los límites naturales de los derechos fundamentales y que solo es información aquella que responde al interés general, a la veracidad y al respeto a las libertades de los demás.

A lo largo de los tres talleres estos fundamentos de la información y sus límites fueron analizados continuamente, pero fue en el primero de todos donde los jóvenes se enfrentaron con las consecuencias más nefastas del ejercicio de la libertad de expresión y de sus límites casi infranqueables. Los casos de portadas de revistas satíricas como la española El Jueves o la francesa Charlie Hebdo generaron un interesante debate en todas las clases sobre hasta dónde podemos llegar con la libre expresión de opiniones y críticas, a qué podemos dañar y si es o no imprescindible utilizar determinadas instituciones como blanco de la crítica política o social. Fue, sin duda alguna, uno de los momentos más interesantes de los talleres y puso de manifiesto la sorprendente capacidad analítica de los jóvenes cuando tienen frente a sí toda la información disponible sobre un asunto y su aptitud para crear su propia opinión.

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